Tomó la redondez de la luna,
las suaves curvas de las olas,
la tierna
adhesión de la enredadera,
el trémulo movimiento de las hojas,
la
esbeltez de la palmera,
el tinte delicado de las flores,
la amorosa mirada del
ciervo,
la alegría del rayo del sol y las gotas del llanto de las nubes,
la inconstancia del viento y la fidelidad del perro,
la timidez de la
tórtola y la vanidad del pavo real,
la suavidad de la pluma del cisne y la
dureza del diamante,
la dulzura de la paloma y la crueldad del tigre,
el ardor
del fuego y la frialdad de la nieve.
Mezcló tan desiguales ingredientes,
formó a la mujer
y se la dio al hombre.
Después de una semana vino el hombre y
le dijo:
- Señor, la criatura que me diste me hace desdichado,
quiere toda mi
atención, nunca me deja solo,
charla incesantemente, llora sin motivo,
se divierte en hacerme sufrir y vengo a devolvértela
porque no puedo vivir
con ella.
- Bien, (contestó Dios)
y tomó a la mujer.
Pasó otra semana, volvió el hombre y le dijo:
- Señor, me encuentro muy solo
desde que te devolví a la criatura que
hiciste para mí,
ella cantaba y jugaba a mi lado,
me miraba con ternura
y su mirada era una caricia,
reía y su risa era música,
era hermosa a la
vista y suave al tacto...
- Devuélvemela, porque no puedo vivir sin ella.
Anónimo