Siempre nos quedará el amor.
Las olas que lamen mansamente mis pies despiertan en mi mente, pero sobre todo en mi alma, evocaciones largo tiempo dormidas que después son arrastradas a las profundas simas, de ese mar verde que me recuerda la inmensidad de los océanos de sus ojos, en los que tantas veces naufragué ávido de pasiones que nunca había conocido… y que nunca más he experimentado. (...)Por fin, un día de lluvia inolvidable —¡bendita lluvia!— en que el tráfico era un auténtico caos y el autobús parecía que no llegaría nunca, robé la última pizca de valor que me quedaba y detenido frente a ella, tan cerca que me pareció poder tocarla solo con extender la mano, le dije ”El autobús tardará hoy y llueve mucho… Déjame llevarte… No soy un peligro para ti”, al tiempo que sentía arder mis mejillas por la vergüenza de lo que ella y el resto de personas que esperaban también, pudieran pensar de mi. (...)
Con el coche detenido, esperé impacientemente pero sin atreverme a romper el silencio. Entonces, en un gesto rápido que no pude prevenir, me besó dulcemente en la mejilla y se fue antes de que pudiera reaccionar, dejándome al perderse en la acera el sonido de dos palabras que todavía resuenan en mis oídos, junto al taconeo de sus zapatos.
— Hasta mañana. (...) [Leer más en 'Siempre nos quedará el amor']
