Mujer enamorada

By Pascua on Lunes, mayo 6, 2013
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Indiferente a las miradas sorprendidas y curiosas que despertaba entre los transeúntes con los que se cruzaba, de vuelta a casa, la mujer caminaba con pasos tranquilos y elegantes al tiempo que mantenía una conversación que la tenía totalmente entusiasmada, a juzgar por la sonrisa abierta que dejaba ver sus blancos y bien alineados dientes.

Vestida con una vaporosa blusa blanca desabrochada hasta el comienzo del pecho, rotundo y turgente, que repartía con generosidad docenas de fantasías a cuantos codiciosos ojos masculinos quedaban prendidos en él; sin más adorno que un discreto collar de perlas blancas alrededor de su grácil cuello de cisne; completando el conjunto, una falda muy ceñida en tono oscuro, cortada por encima de sus rodillas perfectas y descanso obligado para unas piernas largas y bien torneadas, en cuanto se veía y en lo que se imaginaba; unos tobillos fuertes y bien formados eran el último regalo para los ojos, antes de que sus zapatos armados con unos tacones de aguja de 5 centímetros, a juego con el bolso de mano que llevaba con gracia inimitable en la mano izquierda, dejaran ya para la imaginación el resto de su figura.

Sus movimientos felinos y elegantes, junto con el suave y cadencioso balanceo de las caderas, sinuosas y firmes, capaces de originar un accidente, tenían fascinados por igual a hombres y mujeres, que no resistían el impulso de volver la cabeza para seguir admirando semejante representación divina de la belleza; con mucha lujuria ellos,… con más envidia ellas.

Sus movimientos felinos y elegantes, junto con el suave y cadencioso balanceo de las caderas, sinuosas y firmes, capaces de originar un accidente, tenían fascinados por igual a hombres y mujeres, que no resistían el impulso de volver la cabeza para seguir admirando semejante representación divina de la belleza; con mucha lujuria ellos,… con más envidia ellas.

La melena rubia, peinada totalmente hacia atrás y parcialmente recogida en una alta cola de caballo, despejaba la frente en la que resaltaban como barreras infranqueables sus cejas perfiladas; las pequeñas orejas, de lóbulos diminutos y redondos, estaban adornadas por sendos brillantes incapaces de deslucir la intensidad de lo que solamente los más osados pudieron fugazmente aquilatar: sus grandes ojos rasgados de pantera, verdes como dos océanos de aguas límpidas y cristalinas, que acariciaban al mirar como por descuido y que se protegían a la sombra de unas largas y sedosas pestañas, capaces de formar huracanes si hubieran parpadeado dos veces seguidas.

Nada interesaba a la mujer el desconcierto que originaba a su paso; como si el mundo entero no existiera para ella, seguía caminando con parsimonia hacia su destino.
Ensimismada en su conversación, la mujer no tenía ojos ni oídos para nadie.

Mujer enamorada

»Me ha gustado mucho conocerte, cielo mío, y estoy convencida de que seremos muy felices juntos cuando al fin te decidas a venir conmigo, ya que todavía no puede ser; antes, los dos hemos de realizar muchos preparativos para nuestra casa.

»Me ha estremecido sentir tus caricias suaves, casi ausentes y lejanas, pero que han dejado en mi interior y en todo mi ser una huella que no se borrará nunca; incluso ahora, me parece estar reviviéndolas y siento temblar mis rodillas.

»Me has quitado el aliento con tus caricias suaves, casi ausentes y lejanas, pero que han dejado en mi interior y en todo mi ser una huella que no se borrará nunca. Incluso ahora, me parece estar reviviéndolas y siento temblar mis rodillas.
¡También me han gustado tus pellizquitos, truhan! ¡Ya te daré yo a ti cuando te pille!

»Vas a ser el chico más feliz del mundo conmigo ¡ya lo verás! Me multiplicaré para atender el más pequeño de tus deseos y juntos formaremos un hogar donde solo tendrá cabida la felicidad, por la que voy a desvivirme hasta el punto en que no podrás separarte de mí ni aunque quieras. Estarás deseando cada día que acabe tu jornada para venir corriendo a mi encuentro, darme un gran abrazo y llenarme de besos, que yo te devolveré mil por uno.

»Mas quiero que sepas que no voy a ser una mujer estricta y que, aunque te adore como ya lo hago, y como lo haré todos los días de mi vida de hoy en adelante, no voy a ser posesiva e inflexible y dejaré que puedas disfrutar de tu libertad cuanto necesites. Te prometo, eso sí, que en mi existencia no habrá otro hombre más que tú y que solamente tus besos y caricias llevarán la felicidad completa a mi alma atormentada, llena al fin de una nueva esperanza.

»Si no puedes llevarme contigo cuando te ausentes, te llevarás mi corazón entero, cariño mío; vigilaré tu sueño cada noche para que sea plácido y dulce y, cuando tengas una pesadilla, la espantaré con decisión para que no perturbe tu descanso, que será el mío también.
¡Qué felicidad imaginarte durmiendo sobre mi pecho, mientras me embriago con el perfume de tu pelo y escucho tu respiración acompasada al ritmo de mis latidos!

»Cuando estés enfermo, no me apartaré de tu lado ni un instante y te prodigaré todos los cuidados que puedas esperar de mí. Una vez te hayas restablecido, te prepararé los mejores alimentos, condimentados con todo mi amor para que en el menor plazo posible vuelvas a estar fuerte.

»Iremos juntos cada día a todas partes, yo contigo y tú conmigo, cogidos de la mano y despertando miradas de envidia a nuestro alrededor.
¿Te gustará bailar conmigo alguna vez? No me contestes, sencillamente cógeme de la cintura cuando lo desees y hazme sentir que vuelo contigo hacia las estrellas.

»Ya estoy llegando a casa, que me parecerá desde hoy muy vacía hasta que estés conmigo y me acompañes cada noche. Me voy a poner inmediatamente a confeccionar una lista de todo lo que vamos a necesitar; no quiero que falte nada para cuando vengas.

»Ahora te dejo, pero sabe que ya estás para siempre en mi corazón y en mi pensamiento.

La mirada brillante y el pulso acelerado acompañaban a la mujer, que hoy decidió subir andando y así tener más tiempo para seguir soñando despierta.

Detenida ante la puerta de su hogar, exhaló un profundo suspiro y con decisión, la mujer metió la llave en la cerradura y abrió.

Ya dentro de su casa y mientras dejaba el bolso, el teléfono y las llaves en la mesita del recibidor, anunciaba su presencia.
—Ya estoy en casa, querido. Tengo algo muy importante que contarte. He llegado un poco más tarde que de costumbre, pero se ha debido a que este ha sido un día muy especial para mí y he preferido venir andando desde la oficina en lugar de coger el coche, que he dejado en el aparcamiento; mañana tomaré un taxi para volver al trabajo. Deja que me prepare una infusión y te lo cuento.

Exultante, la beldad que despertara tantas pasiones mientras caminaba por la calle, se quitó los zapatos y, descalza, se dirigió a la cocina con el corazón henchido de amor y la ilusión en la tierna mirada de sus bellísimos ojos verdes.

Concentrada su atención en el cazo en el que calentaba el agua, reflexionaba para sí:
«¿Cómo reaccionará cuando se lo cuente? ¿Se alegrará por mí? Sí; estoy segura de que lo hará.»

Interrumpiendo sus pensamientos para concentrarse en verter el agua hirviendo en la taza con el sobre de la infusión, la mujer se permitió un momento de calma en su agitado día.

Ya con la taza humeante en la mano y tras dar un breve sorbo al reconfortante líquido, se dirigió al salón y se sentó en el confortable diván, recogiendo las piernas sobre sí para estar más cómoda.

Dio un nuevo sorbo a la infusión y, con el alma agarrotada obturando su garganta, dijo:

—No veía salida para mi vida, y ya desesperaba por mi más que probable caída en el pozo de la desesperación, de donde no habría podido ni querido salir.
Sé que tú no quieres eso.

»Esta no es la manera en que siempre soñé que pasaría los primeros años de nuestro amor. No sabía a ciencia cierta cómo serían, pero si sé que nunca los imaginé de este modo tan opresivo.

»Me siento muy sola y echo de menos aquellos días y meses primeros de nuestra relación, cuando con tus besos y caricias me confortabas toda, haciendo que cualquier dolor pasara sin dejar huella.

»Pero ya no hay besos, ni abrazos, ni caricias… y aunque sé que no es tu culpa y que no puedes hacer nada, los añoro con toda mi alma. No quiero mantener por más tiempo esta situación y espero que lo comprendas. Debo seguir adelante y debo hacerlo sin ti, aunque te prometo que siempre estarás en mi pensamiento porque nunca he sido más feliz que estando contigo… Hasta hoy.

Con la congoja aflorando por todos los poros de su piel y la voz a punto de quebrarse en su delicada garganta, la mujer da rienda suelta a toda la tensión acumulada en las últimas semanas y deja deslizarse por sus mejillas de piel de melocotón, gruesas lágrimas que no intenta detener.

Por entre la cortina de agua que nubla sus ojos, mira con amor la fotografía que descansa junto a la taza y que le devuelve la sonrisa de un hombre joven, que parece estar diciéndole con la mirada cuánto la ama todavía.

Nuevos sollozos que convulsionan su pecho, le hacen esconder el rostro entre las manos, mientras todo su cuerpo se agita ante los embates del llanto descontrolado.
Es un lloro desesperado que amenaza con romperla en miles de pedazos, como si fuera cristal delicado.

Hasta que al fin, entre hipidos convulsos, la chica abre la puerta a todos los sentimientos que pugnan por salir, atropellándose en su boca.

—¡Si aquel maldito borracho no hubiera cogido el coche ese día…! ¡Si tú no hubieras decidido ir a comprar mi regalo de aniversario a pie…! ¡Si te hubieras quedado a mi lado susurrándome lo mucho que me amabas, como hacías siempre…!

Y tras un profundo suspiro escapado de su alma derrotada, una confesión surgida de lo más hondo de su ser.
—¡Oh, cómo te echo de menos, amor mío! ¡Y cómo voy a pensar en ti cada día de mi vida…!

Incapaz de seguir hablando, rota por el llanto desaforado que otra vez se abre paso en su tristeza, la mujer aprieta la fotografía con desesperación contra su pecho, como si quisiera fundirla a su corazón.

Tras unos instantes, ligeramente recuperada y más confortada por haber dejado escapar la tensión que la consumía, dirige una mirada de amor inmenso al hombre de la foto.

—Hoy ha sido un día muy especial para nosotros, amor mío. He salido un poco antes de la oficina y he ido a la consulta del médico. Llevaba días notando algo que no había sentido nunca y temiendo que no fuera nada bueno, decidí enterarme cuanto antes.

»Después de largo rato y tras diversas pruebas, ya tengo el informe. ¡Tendrías que haberme visto por la calle, hablando sola… ¡Bueno, sola no, con «Alguien»!
Mientras, todos me miraban como si estuviera loca pero sin sospechar siquiera el motivo de mi locura.

»¡Al fin soy de nuevo feliz desde que me dejaste para siempre por culpa de aquel conductor! ¡Inmensamente feliz, mi añorado amor!
En una de las pruebas, me han ayudado a tenderme en una camilla y a descubrirme el vientre, para ponerme en él un gel por el que iban deslizando una especie de lector de código de barras.

»El médico me ha invitado a mirar en un monitor donde he podido ver a alguien todavía muy pequeñito, pero que será muy grande, y que será nuestro. ¡Tuyo y mío!
¡Nuestro hijo, mi vida!
Se chupaba el dedito ¡Pero no creas que lo seguirá haciendo cuando sea mayor, eh! Que será tan inteligente y guapo como su padre,… Porque es un niño ¿sabes?

»Después de haberme dejado embelesarme mucho rato con nuestro bebé, que flotaba tranquilamente en su confortable piscina, ajeno a todo mientras yo me sentía renacer, el doctor me ha preguntado si deseaba saber el sexo y sin pensarlo siquiera le he dicho que sí. ¡Si hubieras visto lo contenta que me he puesto al saberlo….! ¡Un niño! ¡Un niño tuyo y mío! ¡Con qué fuerza late su corazón y qué estruendo formaban sus latidos en los altavoces de la consulta! ¡Parecía un tambor!

»El ginecólogo ha dicho que está muy bien y que no tengo que preocuparme por nada. Incluso me ha parecido notar unos pequeños pellizquitos que me da el bebé. ¡Ya verá ese granujilla cuando nazca; yo sí que le voy a dar pellizquitos en el culito! ¡Pero despacito ¿eh?; como besitos, que también le daré muchos!

»Tengo que ir regularmente a supervisión para vigilar que todo se desarrolle con normalidad y procurar no agotarme. ¡Pues seré la mamá más tranquila del mundo hasta que nazca, porque creo que después tendré que volar cada día durante muchos años para cuidarle!

»Cuando he salido nuevamente a la calle, me han dado ganas de dar saltos de alegría y de gritar a todo el mundo que espero un hijo tuyo. Después me he acordado de cuando me decías que soy muy impulsiva, y pensando que los saltos no serían aconsejables para nuestro bebé, me he serenado un poco.

»Ha sido entonces cuando he decidido volver caminando; por eso he tardado más en llegar a nuestra casa. Durante el trayecto, he venido hablando todo el rato con nuestro hijo. Le he dicho lo mucho que ya le quiero y le voy a querer cuando nazca; que no me voy a apartar de su lado ni un minuto; que vamos a ser muy felices y que va a ser el único hombre de mi vida a partir de ahora.

»¡Yo le cuidaré por los dos, amor mío! Le hablaré cada día de ti, de su padre, que fue el hombre más bueno y más guapo que yo haya conocido nunca. ¡Y a quien más he amado, amo y amaré! Le contaré todo lo que te he visto hacer en esos momentos en los que los hijos aprenden ejemplo de su padre, para que también él tenga algún día referentes de cómo debe comportarse un hombre.

»¡Soy muy feliz, alma mía, y sé que donde estés ahora, lo sabes!
¡Mira! Ahora mismo, me está pellizcando de nuevo. Eso es porque me está escuchando hablar contigo.
¡Ya le daré yo pellizquitos, ya…! ¡Y después me lo comeré a besos!

»Este regalo que me has dejado antes de irte de mi lado y que crece poco a poco en mi seno, será el mejor consuelo de tu ausencia.
Cuando le tenga en mis brazos, frágil y tierno, me parecerá que eres tú y me entregaré por completo a mimarle. Haré de él un hombre bueno, como lo fuiste tú.

Y depositando un largo y emocionado beso en los labios del hombre de la fotografía, la emocionada mamá abrió nuevamente la puerta a un manantial de lágrimas, que brotó torrencialmente, a la par que un prolongado suspiro.

Más calmada tras unos minutos de consolador llanto, colocó la fotografía de su marido y una mano sobre su incipiente vientre de embarazada, desnudo, y susurró con voz queda, plena de emoción:
—Solamente vosotros, sois la única razón de mi vida.

En ese preciso momento, la mujer sintió un pequeño pellizquito en su interior y tuvo la certeza de que la soledad había terminado para ella; pero no así el amor, que permanecería a su lado para siempre y que volvería a alumbrar su vida con una nueva luz.

Entonces, y solo entonces, se permitió una esplendorosa sonrisa y cerró los ojos plácidamente, mientras a través del vientre enviaba caricias llenas de ternura a su pequeño.

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